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Desde este retiro de Internet me llegan noticias con cuentagotas. Entre ellas me entero que ha salido publicado nuestro artículo sobre el viaje al Yukón en el nuevo número de la revista Oxígeno.  Es el correspondiente al mes de enero, número 50 y dedican unas páginas a nuestro viaje.

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En nuestro trabajo en la Antártida se hacen cosas muy raras. También se ven cosas muy raras. Vestidos con el material de escalada más técnico del mercado hemos cazado pingüinos para extraerles sangre, también vestidos de esta guisa nos hemos dedicado a pescar anostráceos en un lago de medio metro de profundidad armados con una espumadera. Cosas que no te enseñan a hacer en la escuela de guías de montaña. Escalar una antena en mitad de la ventisca o portear litros de agua de un campamento a otro.  Hace poco veía a un gran escalador con gafas de ventisca y vestido para escalar la norte del Eiger metido en un almacén con agua hasta los tobillos golpeando con un piolet técnico un bloque de hielo en el suelo, el agua salpicaba y parecía que le hubieran echado por encima litros y litros de agua.

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Con la mar más o menos en calma y la playa llena de elefantes retozando entre las algas desembarcan, por fin,  los científicos en Byers. Son ya veteranos en este lugar y conocen el entorno  mejor que nadie. Ya no les sorprenden los eructos descomunales de los elefantes en la playa o sus ojos enormes y coloreados de rojo al luchar, jugando, contra otros machos. Sí les sorprende esta vez la cantidad de nieve que hay en la playa y que hayamos venidos a recibirles con una pulka en vez de con las típicas mochilas.

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Si hay algún elemento que defina la estancia en este campamento o en cualquier punto de la Península Byers, es el viento. Los dos iglús, pintados de un rojo ya desteñido, se asientan sobre una explanada musgosa sin protección alguna. Algunas pequeñas agujas rocosas donde anida el petrel gigante se yerguen cercanas, pero estas pequeñas formaciones no ofrecen escudo frente al viento que azota el campamento. Las tiendas de campaña miran ordenadas hacia el sur, en dirección al mar y a la esquiva y casi siempre oculta, Isla Decepción. Entre ella y la Península Byers se extiende un mar verdoso, casi siempre floreado de espuma blanca.

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Desembarcamos a las seis de la mañana en la playa sur de la Península Byers. Normalmente en esta época del año un sendero desgastado serpentea paralelo a un arroyo (arroyo Petreles), esquivando musgos y otras formas de vida de interés. El sendero conduce al campamento y se recorre decenas de veces al día para descargar el material dejado en la playa. Pero este año está todo nevado. El paisaje permanece cubierto de una capa de más de un metro de nieve húmeda que acaba en la orilla lamida por el ritmo constante de las olas del mar. Una capa de nieve sin consistencia que te hace hundirte hasta las rodillas cuando la pisas. Al llegar a los iglús, situados cuatrocientos metros en el interior, la nieve cubre casi por completo su estructura. Esto no es normal en esta época del año.

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Los días en la base se terminan. No he hecho nada más que llegar y en breve abandonaré la base nuevamente. La logística española en la Antártida cuenta  con dos bases permanentes y un buque científico que se encarga de abastecerlas y transportar material y personal humano: el Hespérides. A parte de estas dos bases existe un pequeño campamento en una zona de gran interés científico. Situado en el extremo occidental de la isla Livingston el campamento Byers consta de dos iglús de fibra situados en una península libre de hielo. Es un paisaje austero e inhóspito, arrasado por vientos y salpicado de extrañas formas geológicas.

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Al releer lo escrito los últimos días observo que no menciono la parte laboral del asunto, el por qué estamos aquí y qué hemos venido a hacer.

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Como es día libre el comedor, por la mañana, está despejado y apenas hay gente. Hay tiempo para exprimirte tranquilamente unas naranjas y hacer un desayuno de dos cafés. Un desayuno largo hablando de vacaciones en islas del mar Mediterráneo. Este día, además, sale el sol, disminuye el viento y está despejado. Uno se siente afortunado. Si además hay nieve para esquiar y tus compañeros quieren acompañarte, éste se convierte en el mejor lugar del mundo para trabajar una temporada.

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Una isla grande y desierta. Helada, inhóspita y tapizada de hielo y nieve. Una isla en la Antártida alejada del continente por cientos de kilómetros. Separada de la ciudad más cercana por un Océano. Habitada por aves y algunos mamíferos marinos.

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La base permanece cerrada y desierta desde marzo del presente año hasta ahora. Desde entonces queda cerrada a cal y canto, la isla deshabitada y todo rastro humano desaparece durante ocho meses. El otoño austral deja paso al invierno. También marchan la mayor parte de los animales; por marchar, marcha hasta el sol. Con la llegada de la primavera los animales regresan antes que nosotros.

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